¿Cómo impedirle al viento que arranque del calendario las páginas que aún quedan en los pliegues de mi cuerpo,
donde aún conservo el calor de tu piel como si nunca te hubieras marchado?
Éste será siempre el año de mi huida, el año en que escapé del frío del desierto
para caer en la arena helada de tus brazos. Soy el océano muerto
que en tu locura egoista has ido bebiendo a sorbos largos hasta desdibujarme en los espejos.
No soy sino el desierto del que quise huir, la niña que juega desnuda las cenizas de un sueño,
la sombra de mujer que cae como arena de estas manos del tiempo de tu ausencia.
Éste será el año en que nunca existimos, en que te amé a morir dándome entera,
hasta que decidiste abandonarme para enmadejarte en la seguridad de tus laberintos vacíos.
Tal vez quiera a veces que no hubiera empezado, pero sé que vendrás quizá mañana
a ofrecerme un paréntesis en el que refugiarte, y desearé que este último año no termine nunca.
Ojalá una voz le prenda fuego al resto de estas ascuas y el tiempo se diluya
de nuevo en el frío de mis ojos dormidos. Ojalá nunca sepas que te espero en mi vientre
cada noche, que en unos días empezará el año en el que nacerás de mis entrañas
y al fin podré sentirme viva negando las raíces de tu nombre.
